El Correo: Historias paralelas de La Vasca y la Cofradía. Un siglo con mucho condimento

La Vasca y la Cofradía han crecido casi de la mano. El restaurante y el apellido Ruiz están muy ligados a las fiestas

Los ganadores del premio de las carrozas en 1933 celebran en La Vasca. (E. C.)

El Correo: Raúl Canales. 21/05/2026

Una veintena de jóvenes ataviados con camisa blanca y pantalón milrayas degustan unos porrones y sonríen mientras el fotógrafo inmortaliza el momento.

La instantánea tomada en 1933 corresponde a los ganadores de uno de los premios de carrozas sanjuaneras que decidieron gastarse el dinero en La Vasca, que por entonces era una modesta casa de comidas que daba sus primeros pasos con la casquería como principal reclamo gastronómico en una época en la que pocos podían permitirse mesa y mantel. El negocio estaba en la cocina de mercado, sacar partido a lo que aquel día hubiera llegado fresco y a buen precio a la ciudad. Los bares se nutrían del alterne diario de los trabajadores y los pocos restaurantes que había, como el selecto Hotel Troconiz, se concentraban cerca de la estación para dar servicio a los viajeros con más poder adquisitivo.

«Se trabajaba de lunes a domingo pero por la mañana y por la tarde; cenas se daban muy pocas», explica Íñigo Ruiz de La Vasca, establecimiento que rápidamente empezó a tener fama por la buena mano en los fogones de su propietaria. Pocos preparaban la merluza o el bacalao como ella.

En aquellos años en los que La Vasca empezaba a despegar, San Juan también luchaba por recuperar el esplendor gracias al encomiable esfuerzo de la recién fundada Cofradía, pero aún estaba muy lejos de la notoriedad de otras fiestas del calendario local como las ferias de ganado, que sí eran un auténtico hervidero de gente durante varios días. «San Juan era para los mirandeses pero venían pocos de fuera. Por lo que contaban mis abuelos había un par de charangas y la gente iba con una cesta y un porrón al monte a la romería», asegura el pregonero de este año, que ha mamado la tradición desde la cuna porque su padre fue uno de los fundadores de Los Barbis «pero a los hijos no nos dejaba subir al monte para poder estar a su aire en uno de los pocos días que descansaba en todo el año».

En la memoria de Iñigo está aún fresco el olor a orujo de aquellos lunes en los que los romeros hacían parada en La Vasca antes de encarar hacia el monte y las comidas en huertas de amigos de la familia, esperando la bajada de las cuadrillas para sumarse al desfile final.

De tradición

El auge del restaurante, que amplió sus instalaciones con el comedor de la primera planta, cada vez dejaba menos tiempo para las fiestas. «Mis padres se tomaban a veces libre la tarde del jueves para ir al baile y en San Juan poco a poco comenzaron a dejar de subir al monte», recuerda Ruiz, apellido estrechamente ligado a la Cofradía ya que su tío Jaime fue presidente de la entidad durante más de una década. «Creo el festival de ochotes, potenció que las fiestas se conocieran más allá de Miranda y logró el reconocimiento de Interés Turístico Nacional», rememora con orgullo.

Entre sus recuerdos, el año 1982 ocupa un lugar preferente. Sus hermanos acababan de fundar El Expolio y por fin pudo subir el lunes a la romería. Poco importó que tuviera que comer un bocadillo sentado en el suelo o que por falta de dinero su cuadrilla solo tuviera un grupo de txistus en vez de charanga, ya que se acababa de abrir un nuevo mundo ante los ojos adolescentes de Iñigo. El veneno sanjuanero acaba de entrar por sus venas y poco después fue él, quien junto a sus amigos, creó la cuadrilla El Garrafón.

Los fundadores de La Vasca bailan en el monte. (E. C.)

«Los años de juventud todos tendemos a idealizarlos pero la verdad es que fueron años muy buenos, en los que lo pasamos realmente bien», asegura este hostelero que solo se ha perdido un par de fiestas por exámenes mientras estudiaba en Madrid. El resto de años, siempre se las apañaba para poder venir a Miranda, incluso cuando le tocó cumplir con el servicio militar. «Hice un pacto con los superiores en el que yo les preparaba una comida que necesitaban a cambio de que me dieran los tres días», explica.

En los primeros años del Garrafón «nos invitaron incluso a la Batalla del vino en Haro» y los bocatas seguían siendo el menú más habitual en el monte, «aunque una de las cocineras del restaurante que subía con su familia siempre me llevaba una cazuela de caracoles». Luego llegaron el matrimonio, los hijos y el cambio a los Chaturangas, cuadrilla de la que Iñigo luce con orgullo la blusa desde hace tres décadas.

Para los responsables de La Vasca, San Juan siempre ha sido un binomio inseparable de fiesta y trabajo. «Después del Bombazo tenía que irme a casa, darme una ducha rápida, y a servir mesas. Luego me iba de fiesta otra vez y el domingo se hacía muy largo, porque muchas veces íbamos de empalmada a currar», afirma entre risas. Los lunes el restaurante casi siempre ha cerrado, pero San Juanín era una fecha fuerte «porque venían a comer casi todos los hosteleros, ya que ese día cerraban ellos».

El crecimiento de La Vasca y de la Cofradía ha sido casi paralelo. Las dos han llegado al centenario en plena forma y forman parte de la historia de la ciudad. La entidad sanjuanera por organizar las fiestas más populares y queridas por los mirandeses y el restaurante porque es un referente gastronómico para locales y foráneos.


Garrafón y Chaturangas en la década del 90. (E. C.)

Amante de las tradiciones de la ciudad e implicados siempre en su vida social, la familia Ruiz mantiene ese amor incondicional por San Juan. Su día grande es el lunes, porque las obligaciones laborales solo les permiten disfrutar parcialmente del resto de jornadas, pero detrás de la barra del restaurante también se empapan de la alegría que impregna estos días cada rincón. Además, siempre tienen a los mismos comensales. «Las reservas son de año a año y ya conocemos de sobra a todos los que vienen. Nunca hemos querido coger cuadrillas enteras, solo una vez mi padre se comprometió a preparar unos bocadillos y nunca más lo hizo», explica Iñigo, tercera generación del establecimiento.

Acostumbrado a la cocina de calidad, ¿es muy exigente con los catering de su cuadrilla? «No, no mucho. Entendemos que estamos en fiestas y tiene que ser comida para salir del paso. Lo que sí pido es que al menos lo hagan bien y con cariño; prefiero un menú de batalla, con macarrones o patatas pero que estén bien hechas, que cuando traen platos muy sofisticados pero no están bien cocinados», sentencia.